Muy difícil lograr una estabilidad política y económica cuando la región está aquejada por la desigualdad que es muy bien aprovechada por grupos armados o regímenes autoritarios y criminales.

No la identidad para morir,
sino para coexistir con los demás.

El concepto de identidad se ha venido revisando en las últimas décadas, justamente porque los argumentos nacionalistas, religiosos y lingüísticos han sido la piedra de tranca de negociaciones de paz. Producto de esas negociaciones, se ha repensado la identidad.

La América Latina pareciera tener muchas ventajas porque, a pesar de haber sido sometida a una muy refutada colonización, los pueblos dentro de su territorio comparten la lengua y muchos intereses culturales a causa de ese hecho histórico. Aún así, las olas migratorias en Latinoamérica pueden ser motivo de enganches territoriales y tribales. Se le puede olvidar a la gente, aquello que los une.

Los intercambios migratorios ocurren desde siempre en la región. Le ha tocado a los sureños, andinos y ahora a los venezolanos salir en estampida y refugiarse en otros países. Y si hay algo incontestable en todo esto es que los pueblos latinoamericanos nos necesitamos: sea para acordar políticas económicas o guarecernos de las peores tormentas políticas, el bienestar común no se puede quedar en buenos deseos.

Son situaciones que ponen en vigencia la idea de una ciudadanía latinoamericana. Sin embargo, es ese un tema que se recorre muy de vez en cuando sea en los salones de clase o en congresos académicos. Y sólo pensarla unifica. El proyecto latinoamericano en la literatura, con todo y sus discutidos esquemas coloniales, logró convocar a una comunidad intelectual comprometida con el progreso de la América Latina. Unifica compartir las experiencias de exilio de políticos e intelectuales que en el pasado hicieron un segundo hogar en México o Costa Rica. Hay muchos testimonios de esos lazos de solidaridad. Cuando en días recientes ocurrió el extraño apoyo de la presidencia de Uruguay al régimen de Maduro, hubo uruguayos desconcertados y hasta avergonzados de su gobierno. Llegaron a decir algo como esto: “los venezolanos nos abrieron las puertas cuando nos tocó salir al exilio, y ahora hay que ayudarlos, no esto (hacerse los neutrales)”.

Sobre la diáspora venezolana, la prensa y las redes sociales han difundido noticias de fraternidad y también de enfrentamientos y muertes. Un inmigrante puede ser víctima igualmente de la pobreza, impunidad, tráfico humano, esclavitud y todos los males que aquejan a los países donde se encuentran. Muy difícil lograr una estabilidad política y económica cuando la región está aquejada por la desigualdad que es muy bien aprovechada por grupos armados o regímenes autoritarios y criminales.

Una identidad latinoamericana debería tomar forma en las naciones de la región. Para fortalecer esa identidad se requiere de una educación, un gusto y una actitud hacia la lengua y sus hablantes, una tolerancia, un ánimo por visitarnos y compartir, como cuando José Ignacio Cabrujas les llevó su receta de auyama a los brasileños y decía: “es que tenían que probarla de otra manera”. Una educación para ver y apreciar lo que nos une y comprender lo que nos diferencia.

Hay costarricenses que quieren mucho a Venezuela. Hay peruanos que se educaron en Venezuela y llevaron sus logros de vuelta a su país. Hubo un venezolano llamado Andrés Bello que hizo de Chile su muy amada tierra. La identidad depende de la persona, su situación y sus decisiones de vida, no es tan estática como vociferan los callosos nacionalismos.

Es un tema que no se le puede dejar sólo a los organismos del continente. Con toda y las buenas intenciones, los organismos regionales muchas veces pasan por un club de presidentes. Son noticia sólo cuando rompen la miopía y asumen su identidad latinoamericana, es decir, cuando se acuerdan de la gente.