Esa verdad oficial sobre el país maravilloso, donde todo es perfecto, que emiten canales como VTV se ha visto desmontada con realidades como la ola migratoria.

Los últimos 15 años han demostrado que ser periodista en Venezuela implica luchar con trabas al ejercicio impuestas desde el Estado, como una manera de impedir que los datos comprobados en la realidad maten la propaganda. Es política de gobierno ahogar los medios independientes y fortalecer los alineados con su narrativa, para preservar una verdad única. Pero no se puede ocultar el sol con un dedo y esa verdad oficial sobre el país maravilloso, donde todo es perfecto, que emiten canales como VTV se ha visto desmontada con realidades como la ola migratoria, nunca vista en la historia de la nación, e imposible de difuminar ante los ojos asombrados del mundo. Los relatos de la corrupción en Venezuela también alcanzan niveles épicos, así como la permisividad referida a la intromisión de fuerzas extranjeras en decisiones políticas y económicas nacionales.

Un reportero en calle corre riesgo de ser amenazado, golpeado, detenido, que le arrebaten su equipo de trabajo, o que deba salir huyendo al extranjero por amenazas contra su integridad o su familia. Paradójicamente, el fragor del ejercicio ha incidido directamente en elevar los niveles de calidad del periodismo que hoy día se realiza. Todos los días hay periodistas venezolanos, dentro y fuera de la nación, que deciden contar las historias de lo que ocurre, para entretejer memoria y experiencia, impidiendo así que se repitan en un futuro cercano los múltiples desmanes de este gobierno.

Nunca antes tantos premios internacionales han sido concedidos a reportajes hechos por venezolanos. Relumbran además entre tanta oscuridad informativa portales como Efecto Cocuyo, El Pitazo, Armando.Info, SoyArepita, Runrunes, La Vida de Nos, entre muchos otros emprendimientos digitales destinados a procesar información.

Venezuela es un prisma de temas de periodismo y Bolívar resalta por la gran cantidad de vertientes informativas que se presentan localmente y que requieren investigación. El arco minero, su violencia, locura extractivista y la gran cantidad de secuelas que trae en lo referido a DD HH, contaminación ambiental, corrupción e impacto sobre poblaciones indígenas y criollas, las empresas básicas, su debacle y los grupos humanos afectados por su devenir, el deterioro vertiginoso de una ciudad bonita y planificada que hace tiempo ya perdió el norte, son algunos de los temas primordiales a tratar.

Y aun cuando hay la sensación general de que tenemos la capacidad de asombro elastizada, es momento de que cada periodista guayanés referencie lo que vive, cuente los pequeños detalles, los entramados, la corrupción, usando las posibilidades a su alcance, pensando en hacer de memoria viva de la ciudad y del estado, porque lo que se documenta no muere, y de ello se aprende en la posteridad.