Una ciudad y un país sin periodismo es una casa a oscuras, caldo de cultivo perfecto para repetir y perpetuar todos los males que nos han arrastrado a este período áspero de la historia.

De vez en cuando hago ese ejercicio. Repensar en un periodismo que tenga papel. En el que se jerarquicen las noticias, se seleccione una foto de la galería del día y en el que se discuta el titular de apertura con la relevancia de quienes están escribiendo para siempre las páginas del día. No es romanticismo y, es cierto, que quizás no tengamos nuevamente papel para contar el día a día de una ciudad o de un país, pero el día que tengamos papel de nuevo habremos recuperado una parte de la escuela periodística. Probablemente una parte del mundo de este oficio discrepa en esto, pero los que hemos pasado por las salas de redacción tradicionales, como las del Correo del Caroní, por ejemplo, sabemos de ese ejercicio diario de pensar una edición imperecedera y las implicaciones de esta responsabilidad en un país que le ha costado ganar pulso a pulso conectividad.

Siempre el periodismo será necesario, pero por estos días más que nunca. Los poderosos necesitan que se les interpele y los ciudadanos necesitan de esa interpelación aunque sea normalizada, porque una ciudad y un país sin periodismo es una casa a oscuras, caldo de cultivo perfecto para repetir y perpetuar todos los males que nos han arrastrado a este período áspero de la historia. En Guayana, dónde la tentación del negocio fácil a expensas de la renta petrolera sirvió para la fundación de medios escudos de otros intereses muy lejanos al servicio público, los periodistas estamos convocados a recuperar ese puente entre los sin voz y los poderosos que se niegan a ser escrutados, pero sobre todo a defender la independencia por encima de nuestras más crudas debilidades.

Y darle vida al periodismo regional pasa por ciertos compromisos pero también por una convicción que he visto en muy pocos espacios, inigualablemente en Correo del Caroní. Ni todo el dinero, ni toda la tecnología podrán sustituir la decisión de actuar con coherencia, aun en momentos en el que todo parece en contra y donde hacer periodismo parece ser el peor negocio del mundo. Actuar decididamente en consonancia con lo que se ha ondeado como una bandera, a favor de la conquista de espacios democráticos, es una ofrenda al país que queremos sostener.

Por eso cuando haya papel de nuevo tendremos que volver, viejas y nuevas generaciones, a dejar testimonio del no poco sacrificio el que ha sido mantener una redacción abierta en tiempos de dictadura y de haber construido una escuela periodística a pulso con un pilar que se encuentra en pocos espacios: la coherencia y tenacidad.