Es un deber moral para el periodismo la construcción de una vanguardia regional que trascienda a la denuncia y proponga la construcción de una narrativa propia.

Mucho se ha escrito, y se seguirá escribiendo, sobre la importancia del periodismo para el desarrollo humano. Trajinar esta idea aquí sería llover sobre mojado; como también sería, sin quererlo, confinar la idea del oficio a una generalidad.

Porque el periodismo tiene apellidos. Porque aunque parta de una misma idea universal (“contar la verdad de la mejor forma posible”), sus manifestaciones requieren, por definición, de un cognomen. Desde el narrativo hasta el de soluciones, el periodismo busca cumplir con su tarea desde su radio de acción. Y uno de ellos, entre tantos adjetivos, obedece al contexto regional.

Contar la verdad ha sido un reto constante para la humanidad, y por tanto, para este oficio. Sus múltiples aristas, enfoques y localizaciones llevan al periodismo a emplear un lente más cercano, capaz de esclarecer lo que a mirada lejana, aunque aguda, resulta siempre miope por sus limitantes espaciales. Por ello el periodismo regional funge como manifestación del ejercicio de contar la verdad próxima. De adentrarse en el contexto más cercano para, desde ahí, recoger la fidelidad del dato que construirá una historia real, precisa. La más afín con nosotros mismos.

El periodismo regional es el lente que enfoca en las dinámicas inmediatas del ciudadano para explicar sus procesos. Es el ejercicio que cuenta la verdad desde lo micro para empoderar a sus cercanos, y desde ahí, interactuar con el mundo como historias universales.

Construir nuestro relato

Contar y explicar lo que sucede de cerca es también una forma de construir una memoria colectiva. Una capaz de co-crear una identidad regional, tan necesaria como blindaje cultural en tiempos donde nuevas narrativas, como las cultivadas por la posverdad y las noticias falsas, amenazan con reescribir nuestras nociones de historia y de verdad. Nuestra noción de lo que somos y lo que hemos sido.

En una región que aún no concierta sus límites geográficos, que aún no construye los vasos comunicantes entre los ciudadanos de su amplísimo territorio, una región en deuda con su patrimonio cultural indígena, con su legado histórico, y con una vocación productiva que ahonda hasta las más oscuras sombras del extractivismo, es más que menester la construcción de una vanguardia periodística: es una obligación moral.

Las flaquezas en la construcción de nuestra propia identidad como guayaneses -y por tanto, de nuestra propia narrativa- nos ha hecho especialmente vulnerables a una dictadura que, como forma de dominación, impone un discurso falaz, pero coherente. Que tambalea sin mucho esfuerzo nuestra noción de lo que somos como región. Y es ahí, en el esbozo inconcluso de nuestro relato colectivo, en nuestra incomprensión de (y con) nosotros mismos, cuando somos presa de la dictadura y sus prestidigitaciones.

¿Cuántos guayaneses reconocen la importancia de la Batalla de San Félix, tanto como la de Carabobo, para la independencia? ¿Cuántos conocen el legado civilista de Bolívar en su discurso del Congreso de Angostura? ¿Cuántos reconocen a Piar como libertador de Guayana? ¿Cuántos honramos realmente a nuestros indígenas, que hoy se debaten entre la indigencia y el blanco de bandas criminales que profanan la tierra con su minería ilegal? ¿Cuántos conocemos el legado de Antonio Lauro para la música universal? ¿Cuántos velan por el cuidado de nuestros recursos naturales, o de las obras de Jesús Soto?

No es casual que hoy se piense a Guayana como una de las regiones más diezmadas por la dictadura. Con un parque industrial acabado por la ineficiencia de foráneos inexpertos, un pranato minero que azota al sur de Bolívar y la zona deltana, una sede refugio del paramilitarismo colombiano y terroristas de Hezbollah, un emporio hidroeléctrico que convive con ese monumento a la corrupción llamado Tocoma, y 47 masacres en territorios mineros desde 2006 hasta ahora describen el calvario guayanés.

Urge, pues, una vanguardia periodística regional capaz de co-crear esa memoria colectiva, esa definición e identidad como región, para construir un empoderamiento ciudadano desde un sentido de pertenencia, y con ello, la formación de una opinión pública la necesaria contraloría social que enfrente cualquier intento despótico de dominación. Un periodismo como herramienta democratizadora, y a la vez, constructor de nuestro propio relato. Un periodismo que ayude a conocernos, entendernos, dignificarnos y mirar hacia el futuro.

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